EL LIBRO DEL ANGEL BLANCO

Clara abrió la puerta y entró en aquella tienda sin saber muy bien si creía o no en el mundo mágico que se prometía desde aquel escaparate.

Nunca antes había entrado en una tienda esotérica, realmente ya no sabía en qué creer, todo en lo que creía se había derrumbado, no sabía si creía o no en la magia, no en la de los magos de la tele, los de la chistera y las palomas, no, sino en los que promulgan la magia de la videncia, y otras tantas  cosas o si era la persona más escéptica del mundo, pero tenía problemas y no encontraba soluciones.

No obtenía refugio en lo que siempre lo había encontrado.

Había alquilado un piso de dos habitaciones en una céntrica calle del barrio de Moncloa, en Madrid, en la calle Gaztambide, estaba en el último piso, era muy bonito porque era abuhardillado, al estar forrado de madera resultaba muy acogedor, el salón tenía un gran ventanal que daba a una terraza que era casi tan grande como el piso, lo había llenado con sus plantas favoritas, jazmines que habían crecido rápidamente confiriéndole a toda la zona un olor dulce, penetrante  y maravilloso.

Además, pensando en el verano había colocado algunos muebles de jardín en su ya lugar favorito de la casa, una mesa para desayunar al aire libre cuando el tiempo lo permitiera, viendo amaneceres multicolores, o tomar el sol, en las calurosas tardes de verano. Una tumbona con un espléndido colchón que sería el lugar donde más horas iba a pasar en verano.

Su habitación era  muy amplio y tenía un vestidor que sería el sueño de cualquier chica y un baño que parecía hecho a su medida.

También había otra habitación que quien tuviera el piso alquilado antes lo debió destinar a cuarto de niño pequeño, pero que ella había habilitado como estudio, porque era periodista.

Clara no solía recibir visitas, pensaba que su casa era su espacio privado y no debía permitir que nadie lo alterase, vivía sola, en paz y en calma y muy centrada en su carrera profesional.

Tenía sus horarios muy estipulados desde hacía años.

Siempre se levantaba a la misma hora, hacía unas series de estiramientos y después desayunaba, luego ponía música de los años 80 y 90 a un volumen que le parecía razonable para no molestar a los vecinos y hacía la casa para ponerse con sus tareas profesionales del día. Si aquellas le obligaban a salir, salía, sino prefería quedarse en casa.

Aquel piso que le resultaba  cómodo para vivir, fantástico por las vistas, moderno por sus prestaciones y además estaba tan bien emplazado a su vez tenía algo que la incomodaba, por las noches se despertaba oyendo crujidos en el suelo, sonidos constantes, que le recordaban  pasos, oía  risas de niño pequeño que le inspiraban felicidad, no le daban miedo, pero le hacían sentir que no estaba sola.

Sin embargo,  ella por encima de otras cosas adoraba su soledad que le hacía estar centrada en su trabajo, y su trabajo le permitía su nivel de vida, y sus viajes, Clara adoraba viajar.

Entró tímidamente en aquella tienda, dudando si retroceder y salir corriendo o seguir adelante y exponerle a una desconocida lo que le pasaba y quedar como una loca. Aún  estaba a tiempo.

Olía a incienso, penetrante, esa fue su primera impresión cuando entró en la tienda.

Detrás  del mostrador estaba sentada Jana, estaba leyendo un libro que tenía apoyado en el mostrador, levantó la mirada al sonar un móvil que tenía puesto sobre la puerta y que tintineaba, ella percibió su aura en el mismo momento que posó sus ojos sobre Clara, le saludó con una sonrisa y se presentó, como si la recordara de algo.

– ¿En qué puedo ayudarte?

– Bueno… Yo…

No era normal en Clara hablar  titubeando como si fuera una niña de 8 años explicando la lección ante una clase repleta de críos que se reían de ella pos su vestido. Respiró hondo y soltando el aire como si fuera un peso le explicó todo lo que le pasaba.

Su interlocutora le tomó la mano y saliendo del mostrador le pasó a una sala trasera donde se sentaron y charlaron sobre el tema, tras unas preguntas y unas respuestas Jana tuvo toda la información que necesitaba para hacerse una idea de  qué le pasaba.

Clara era un ser especial, le trasmitía mucha paz.

Tuvo claro nada más verla atravesar la puerta que era un ángel blanco, por eso la niña que hacía años había vivido y muerto en esa casa se había atrevido a manifestarse ante ella, siendo como era hacía muchos años, feliz y juguetona, a otros inquilinos los había atormentado, pero con ella había otra comunicación.

Pero Clara se aferraba a otras creencias y se cerraba a aquella comunicación.

Estuvieron hablando durante largo rato en el que Jana le explicó lo que debía hacer, al menos al nivel que se le podía explicar a una persona que era tan escéptica.

Cuando llegó a casa Clara se dio un largo baño siguiendo las instrucciones de Jana y habló con la niña, aunque no la viera, en realidad no terminaba de creerse si eso que hacía era posible o no, pero lo estaba haciendo con todas sus ganas, no temía los pasos, ni las risas, pero no quería un fantasma en su hogar.

En el vaho del espejo la niña apareció y sonriendo le dijo adiós con la mano.

Lo último que Clara intuyó de su “compañera” de piso fueron unos rápidos pasos por el pasillo.

Su primer libro tuvo un gran éxito.

Convivir con un ángel blanco.

SOL SEPPY – Enter one

 

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